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martes, 1 de julio de 2014

Abandonando los vicios II



 OM SAI RAM
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"La siguiente historia reviste un interés particular, porque atañe a un médico de distrito del lugar de nacimiento de Baba.   Según declara, fue compañero de escuela con Sathyanarayana Raju (Sathya Sai Baba).   Escribió su relato para el "Sanathana Sarathi", la revista oficial de la Organización Sai, hace algunos años atrás, y lo que sigue recoge esencialmente lo que narrara.
 
"Soy médico registrado y practico mi profesión desde hace algunos años en Uravakonda, Distrito de Anantapur, Andhra Pradesh.   Como resultado de circunstancias imprevistas y de su efecto sobre mi condición mental, me involucré en el pernicioso hábito de inyectarme morfina.
 
"Comenzó con dos inyecciones diarias.   A los ocho días, a partir del 20 de junio de 1968, me estaba poniendo cuatro inyecciones diarias.    Dos semanas más tarde, necesitaba ocho y, un mes después, me vi forzado a inyectarme dieciséis veces al día.    Pasó otro mes, y mi cuerpo clamó por incrementar la dosis a veinte diarias.    Esto siguió así por tres meses en que tenía que ponerme treinta inyecciones cada día y no podía encontrar modo alguno para reducir la dosis.
 
Mis ingresos por la práctica médica sumaban entre 800 a 1000 rupias por mes.   Esto resultó insuficiente para la morfina que requería.   De modo que vendí cinco acres de mi propiedad por Rp. 13.000.-  Esto, sumado a mis ingresos, alcanzó sólo para dieciséis meses.    Vendí entonces tres acres más por Rp. 10.000.- y eso, de algún modo, me ayudó a pasar por otros dieciséis meses de esclavitud del hábito."
 
"A final de ese período ya no me quedaba dinero, de modo que vendí los terrenos para construcción que tenía en la ciudad por Rp. 6.000.- y las gasté en morfina por los siguientes ocho meses."
 
"Tengo diez hijos – seis niñas y cuatro niños.    Mi mujer había muerto.    Yo no me había preocupado de cómo hacían estos pobres chicos para subsistir  obviamente, tenían carencias en cuanto a alimentación y vestimenta, y sufrieron incontables miserias.   Solían esperar a la puerta de mi consulta y cuando veían a algún paciente cancelando la atención, me pedían lastimeramente que les diera el dinero para poder comprar algo de comida.    Mas, yo solía echarlos con duras palabras y no pensaba en qué comían o cómo se las arreglaban.
 
"Es evidente que algunos de mis pacientes solían darle a los niños una parte de los honorarios que me pagaban, y con esos magros recursos lograban malamente mantenerse.    Así pasaron nueve años.
 
"Me encontraba en un estado de profunda desesperación.   No lograba reducir la dosis de morfina en lo más mínimo, cuando algún día me veía forzado a tomar menos de lo habitual.   Sufría una agonía extrema, dolores en todo el cuerpo, bostezaba incontrolablemente, sudaba, sentía miedo, salivaba, me daban calambres, tartamudeaba al hablar, todo ello me hacía sentir terriblemente desdichado.
 
"Debido al alto costo del hábito, mi familia se había arruinado, mi práctica médica se había ido reduciendo y casi no existía y mi estado físico y mi salud se deterioraban más día a día.    ¿Cómo podría liberarme de las ataduras de la droga?   ¿Qué podía hacer?
 
"Uno de mis amigos que también era víctima de la morfina, había viajado a Chennai para una operación al cerebro, por la cual se decía que podía llegar a controlarse la adicción.    Otro amigo, médico también, había ido a Chennai y se había sometido a un tratamiento que le llevó tres o cuatro meses.    Ambos lograron controlarse, mas al primero le costó Rp. 3.500.- y al segundo, Rp. 5.000.-    Aunque ansiaba poder ir también, no tenía el dinero para hacerlo.
 
"Para continuar con las inyecciones, mendigué, pedí préstamos, visité hospitales y de alguna manera me las arreglé para conseguir morfina suficiente para mi cuota mínima diaria de 30 a 35 inyecciones.   En los nueve años, había despilfarrado 40.000.- rupias y aún no le podía escapar al hábito, ni reducir la dosis diaria.   Es más fácil para uno liberarse de las fauces de un cocodrilo que de las de la morfina.
 
"Entretanto, los devotos de Bhagavan Sri Sathya Sai Baba habían iniciado un Bhajan Samaja en nuestra ciudad.    Había sido organizado por mi amigo el Dr. N. Anjaneyulu, M.A. y Ph.D., y se llevaba a cabo cada jueves en el templo a Subrahmanyeswara cercano a mi casa.    Un jueves, entré al templo y me senté en un rincón alejado, escuchando los bhajans.
 
"Mientras escuchaba el canto, surgió un pensamiento en mi mente: '¡Baba! Fuiste mi compañero de estudios en la escuela, acá, hace años.    Seguro que me recuerdas.   Debes saber hasta qué abismos me ha arrastrado este hábito.   Hay algunos que dudan de ti, hay otros que te adoran como Dios.    No quiero entrar ahora en controversias – quiero saber la Verdad por mi propia experiencia.   Bien, si puedes bendecirme con fortaleza para renunciar a este vicio de la morfina, creeré que eres Dios'.  
Con esta promesa dada de todo corazón, me tranquilicé.
 
"Pocos minutos después, terminaron los bhajans y se distribuyó prasad de vibhuti para todos.   Llevando los paquetitos en la mano como un precioso regalo, y resolviendo confiar en Baba para que me diera fuerzas para liberarme, regresé a casa.
 
"Decidí que, pasara lo que pasara, por duras que fueran las condiciones, no me pondría ni una inyección de morfina por tres días completos.    'Si al cuarto día estoy libre de los tentáculos de la morfina, adoraré a Baba igual que lo hacen esas personas en el templo', me dije a mí mismo.
 
"El primer día no me puse inyección alguna.    Ese día no sentí hambre ni sed, sudaba profusamente, tenía calambres en todos los músculos, una sensación quemante en todo el cuerpo, mi imaginación volaba alocadamente, lloré a mares y me dieron ataques de tos.    Pasé momentos terribles.   Pero tomé pequeñas cantidades de vibhuti y seguí adelante.
 
"El segundo día fue peor.   Mi orina y fecas estaban llenas de sangre.    Me acosaban constantes ideas de suicidio.   Cuando amaneció el tercer día, pensé que no lo sobreviviría.   Para la noche, estaba gritando y gimiendo a viva voz.   Pateaba el suelo con los pies; golpee mi cabeza contra un pilar; balbuceaba incoherencias como loco y a gritos.     Los niños lloraban y gemían, despertando a los vecinos.   Llegaron algunos amigos, los cuales, viendo mi condición, unieron su llanto al de mis hijos.
 
"Durante la noche, vino a verme un médico amigo y, entendiendo la razón para mi lamentable estado, había traído cuatro inyecciones de morfina y me aconsejó que las usara.
 
"Le respondí: 'Doctor, la promesa que le hice a Swami termina mañana.    Guarde por favor las inyecciones hasta entonces'.
 
"Eran las 03:40 horas en esos momentos.   Mis hijos estaban sentados en torno a mí.   Le pedí a mi pequeña Hafiza Begum: 'Ve y tráeme algo del vibhuti de Swami que puse en esa repisa de allá.'     Me lo trajo, lo puse sobre mi lengua y bebí un sorbo de agua para tragarlo.
 
"Unos diez minutos más tarde estaba dormido.   Durante el sueño, me pareció como si fuera en una peregrinación, y no desperté sino hasta las 11:00 horas del día siguiente.   Era el cuarto día.    Como me lo había prometido, mi amigo médico, oyendo que estaba despierto, llegó con las inyecciones de morfina.
 
"Querido amigo, ¿cómo te sientes?, me preguntó.
 
"Respondí con la misma amabilidad:

'Por la gracia de Swami mi mente esta clara y calma'.
 
"En ese caso, creo que no tienes necesidad de morfina."
 
"Con tono firme, le respondí: 'No, no hay necesidad de ella'."
 
¡Qué gran transformación había producido Swami!  
 
(  De:  Cara a cara con Dios - V.I.K. SARIN)



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